Todos tendemos a ver la energía como algo mágico y abstracto que surge de forma espontánea, sin principio ni fin, y cuyo coste es siempre el mismo.
Nos movemos en coche sin pensar que para transportarnos a nosotros debemos mover una tonelada de metales (el doble si es con un todoterreno) y que el coste de la energía que empleamos en nuestro transporte es entre un cinco y un diez por ciento de nuestro consumo. Eso hay que multiplicarlo por muchos millones a diario.
Calentar las estancias en las que vivimos o trabajamos requiere calentar la totalidad de los edificios y soportar grandes pérdidas energéticas por defectos en los aislamientos. Utilizamos cerca de un 20% de la energía para calentar o enfriar nuestro entorno más cercano. Eso también hay que multiplicrlo por muchos millones.
El uso de cualquiera de los miles de productos que utilizamos en nuestro hogar o trabajo tiene un precio de fabricación o transporte.
Cada gesto que hacemos tiene alguna repercusión energética: ver la televisión o escuchar la radio tiene un coste energético.
Todo tiene un coste energético.
La conclusión del punto anterior es que despilfarramos una energía que en el futuro nos será muy necesaria y que es limitada. Pero esta forma negligente de gestionar la energía no debe ser achacada a cada ciudadano de forma simplista. El despilfarro es colectivo y tiene su origen en una mala planificación. Esta mala planificación es un problema mundial porque se da en todos los países. Usted tiene derecho a preguntar: ¿Acaso yo no puedo tener un coche seguro? ¿Es necesario que vaya en bicicleta?. Pues no. El verdadero problema no es la cantidad de energía, sino su origen. Si su coche se moviese con una energía gratuita, inagotable y no contaminante, podría viajar en tanque y podría consumir tanta como quisiese. Pero no es el caso.
Convengamos en que cada energía que se ha utilizado históricamente ha tenido un coste social y económico distinto. Desde la leña, el carbón, los aceites y otros combustibles hasta el petróleo. El petróleo tiene grandes variaciones en su coste, que en los últimos años se duplicado. Cada energía utilizada en el pasado tenía que ver con el fuego y con el calor y sólo recientemente (un siglo) ha tenido que ver con la electricidad y el transporte.
Debemos deducir que en el futuro la energía puede valer el doble, el triple e incluso hasta diez veces más, si realmente el desequilibrio productivo se agrava lo suficiente.
¿Qué pasaría si invirtiéramos una parte de nuestros esfuerzos energéticos actuales a precio “X” en construir edificios que consuman menos energía, que utilicen energías diferentes más baratas y construyéramos máquinas que generen la misma energía a precio “X”, pero sin depender del petróleo? El resultado de la ecuación será que estamos colocando en el futuro un paquete energético a precio del pasado y consumiremos entonces una energía más barata. Además, como utilizaremos menos cantidad, nos servirá para hacer más cosas, con lo que el precio real sería “X/2”. Y esto estaría sucediendo cuando el precio del petróleo sea de “3X” o “4X”.
Podría detenerse ese razonamiento diciendo: “De acuerdo, pero cuando las máquinas acaben su vida útil, ¿qué hacemos?”. No tenemos energía con la que fabricar otras máquinas, salvo que empleemos toda su vida útil en la fabricación de máquinas, lo que nos impide hacer uso real de la energía barata. Aunque parece que hemos llegado a un callejón sin salida y esto nos legitima para seguir sin cambiar nada, no es así. De cara al futuro debemos contar con que el desarrollo de nuevas tecnologías mejorará cada paso que demos, debemos contar con que queda energía suficiente como planificar y gestionar la creación de este tipo de paquetes energéticos a futuro. Debemos contar con que aumentará el parque de edificios y transportes altamente eficientes, o dependientes de energías distintas, y las demandas de estos paquetes serán menores.
El coste de la energía depende de cómo traslademos o convirtamos sus posibilidades de cara a futuro. Podemos hacerlo simplemente almacenando petróleo y esperando a que suba para sacarlo al mercado o invirtiendo en cambios de tecnología. Pero no seamos tan ingenuos como para ignorar que el petróleo es un muy buen negocio para unos pocos y es difícil introducir productos en el mercado que compitan realmente tan bien como para romper las inercias de muchos años de uso o de mal uso. Actualmente las energías alternativas pelean entre subvenciones para su desarrollo, pero están demasiado lejos de su madurez como para hacer sombra a los combustibles fósiles. Sólo la alcanzarán mediante su desarrollo por parte de la industria y por la difusión necesaria para que entendamos que las energías alternativas son eso: “Una alternativa”.